Conservación de humedales

Conservación de humedales

Por Juan Pablo Plata. Editor de Colina Revista

Hoy quiero hablarles de los humedales, esos pulmones de agua y vida que sostienen no solo a Bogotá, sino a nuestras ciudades capitales, intermedias y a todo el territorio, urbano y rural.

Pero no vengo a hablar solo de su belleza o de su valor ecológico, que todos reconocemos, sino de un cambio urgente en cómo pensamos nuestro desarrollo. No podemos seguir planeando ciudades y campos como si solo el ser humano, el Homo sapiens, fuera el único habitante que merece vivir bien. Los humedales, y con ellos la naturaleza toda, son hogar de miles de seres vivos, nuestros compañeros en este planeta, y su conservación debe ser una prioridad que trascienda discursos y se traduzca en hechos.

Hemos avanzado en el conocimiento: el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, junto a otras instituciones y academias, ha hecho inventarios, estudios y diagnósticos exhaustivos sobre nuestros humedales. Sabemos dónde están, qué los amenaza y qué necesitan para sobrevivir. Pero de nada sirve acumular más acuerdos, más documentos o más diagnósticos si estos se quedan en letra muerta. No necesitamos más inventarios; necesitamos acción. Acción que pase de la teoría a la práctica, que integre la conservación de los humedales con la gestión del riesgo y una planificación ambiental y territorial seria, coherente y valiente.

Bogotá, con sus humedales urbanos, no puede seguir viendo estos ecosistemas como obstáculos al crecimiento o como terrenos para rellenar y construir. Lo mismo aplica a Cali, Medellín, Villavicencio o cualquier municipio rural. Cada humedal es un aliado contra las inundaciones, un filtro natural del agua, un refugio para aves, anfibios, insectos y plantas que sostienen la vida que también nos sostiene a nosotros. Si los perdemos, no solo perdemos biodiversidad, perdemos nuestra propia resiliencia como sociedad.

Propongo que dejemos de lado la tentación de seguir estudiando lo que ya sabemos y empecemos a ejecutar. Fortalezcamos las políticas de restauración, ampliemos las zonas protegidas y, sobre todo, integremos a las comunidades en la vigilancia y el cuidado de estos espacios. Que el urbanismo y el desarrollo rural no sean enemigos de la naturaleza, sino sus aliados. Que pensemos en ciudades y campos donde convivan humanos, aves, peces y árboles, no como un lujo, sino como una necesidad.

El tiempo de los discursos pasó. Los humedales no pueden esperar más estudios ni promesas. Necesitan decisiones hoy, para que mañana sigamos teniendo un país vivo, diverso y en equilibrio.

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