S.O.S. La democracia está en riesgo

S.O.S. La democracia está en riesgo

Por. Nadia Patricia Suárez V.

Finalizó la primera jornada electoral con miras a definir el presidente (2026 - 2030), donde los candidatos Abelardo de La Espriella e Iván Cepeda confirmaron su paso a segunda vuelta; quienes representan extremos opuestos en la política colombiana y que, además, repite el escenario del cuatrienio anterior.

El panorama es desalentador. Las democracias contemporáneas no siempre mueren ante el estruendo de un golpe militar; también se caen desde adentro, con discursos de odio y polarización extrema que se normalizan bajo la excusa de la contienda electoral. Es preocupante en un país como Colombia, con heridas históricas aún abiertas y una paz que ha tomado su tiempo para construirse en los territorios tradicionalmente olvidados y excluidos por el Estado central, que rara vez se interesó por lo que pasaba más allá de las cabeceras municipales.

El ascenso y eventual mandato de una propuesta de extrema derecha representa más que un giro ideológico legítimo, es un riesgo sistémico para el tejido social y la institucionalidad misma. Cuando la política se reduce a señalar al oponente como un enemigo a exterminar y no como un contradictor legítimo, el pacto democrático se quiebra. Mientras los líderes de las derechas se sigan autoproclamando defensores que deben 'destripar' a quien piense diferente, se seguirá promoviendo odios y resentimientos que llevará a una nueva ola de violencia, donde una vez más pasará su factura a la ciudadanía en las calles.

El retorno de una extrema derecha es revivir un pasado que ya demostró su fracaso. La JEP sigue enumerando sus resultados, con cifras en miles de desplazados, desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales, despojo de tierras y jóvenes amputados como respuesta de la militarización de conflictos sociales, criminalización de la protesta y la asfixia a los liderazgos sociales. Aún así, el el mayor peligro es el desmonte silencioso de los derechos conquistados. Una promesa (o amenaza) de campaña que, al parecer, la ciudadanía no ha interpretado. Un voto por la derecha es endosar en un cheque en blanco las libertades y derechos que se han ganado en los últimos años. 

Un candidato que promete disminuir el Estado en un 40%, recurrirá a la educación pública para cumplir su promesa, acabando con la mejor oportunidad para disminuir la pobreza, porque la historia nos muestra que cuando los jóvenes carecen de oportunidades, acuden a la violencia, a la delincuencia como proyecto de vida. Y la violencia, trae más violencia; de ahí el interminable conflicto que tanto nos ha costado acabar.

Hoy más que nunca es urgente respaldar y movilizarse en torno a proyectos políticos progresistas y alternativos que pongan la vida en el centro. Defender la democracia en el 2026 implica, obligatoriamente, abrazar una agenda ambiental que entienda que la crisis climática no da esperas, que el Fracking no es opción, que la preservación de nuestra Amazonía no está en la mesa de negociación y que los páramos, el agua y la biodiversidad valen más que cualquier título minero.

Un proyecto progresista significa defender la diferencia y las diversidades étnicas, de género y culturales frente a los intentos de homogeneizar la sociedad bajo un solo credo o visión moral. La resistencia democrática pasa por blindar y financiar la educación pública, la ciencia y la cultura, los únicos motores reales de movilidad social capaces de arrebatarle los jóvenes a la guerra y a la exclusión.

La verdadera estabilidad democrática no se mide por las cifras macroeconómicas que celebran las élites financieras, sino por la dignidad de quienes sostienen al país. Necesitamos continuar la construcción de ese modelo económico que se mueve desde las bases obreras,  que ya demostró que un salario mínimo vital no quebró empresas y sí dinamizó la economía. Dignificar la economía popular, el campesinado y la clase trabajadora a través de mejores salarios y garantías laborales reales, con posibilidades materiales a una pensión es construir paz, es construir un futuro donde las generaciones venideras no tengan que decidir entre el caos o migrar.

Por último, es de precisar que la desigualdad extrema es el caldo de cultivo perfecto para los autoritarismos; por eso, la justicia social es la mejor vacuna contra el fascismo. Salvar la democracia colombiana requiere moderación en las formas para evitar la violencia, pero una profunda radicalidad en las ideas para garantizar que los derechos de las mayorías no sigan siendo el negocio de unos pocos. Por eso, entre el autoritarismo y la vida, mi elección siempre será la Vida. La democracia está en riesgo, y si el miedo es Venezuela, la autopista de la derecha nos lleva allá, o ¿Qué podemos decir de Argentina y Milei?

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